Obsoletos, pero funcionales
Una reflexión sobre computadoras antiguas, envejecimiento y el valor de lo que el mundo deja atrás.
En septiembre de este año cumplí 60 años e, inevitablemente, comienzo a identificarme con aquellas piezas de hardware que han quedado obsoletas debido al rápido desarrollo de la tecnología y a las cambiantes modas de consumo.
Muchos de estos equipos todavía funcionan perfectamente. No han perdido necesariamente las capacidades para las que fueron diseñados y, en algunos casos, incluso pueden mejorarse hasta superar sus especificaciones originales. Sin embargo, ya no pueden realizar ciertas tareas con la rapidez, comodidad o eficiencia de los equipos modernos.
No están descompuestos. Simplemente, el mundo ha cambiado. Y encuentro en esta situación una curiosa semejanza con lo que sucede con las personas a medida que envejecemos.
Una pequeña computadora que cambió el mundo
En 2007, Asus presentó la Eee PC 701, una pequeña computadora portátil que contribuyó decisivamente a popularizar una nueva categoría de equipos: las netbooks.
Su propuesta era sencilla y, para su época, revolucionaria. No necesitábamos una computadora grande, pesada y costosa para navegar por Internet, enviar algunos correos electrónicos, escribir documentos o adelantar un poco de trabajo durante un viaje.
La Eee PC 701 tenía una pantalla de apenas siete pulgadas, un procesador Intel Celeron de 900 MHz que normalmente funcionaba a una frecuencia inferior, una cantidad de memoria que hoy consideraríamos insignificante y una unidad de almacenamiento de estado sólido de apenas unos gigabytes.
Sin embargo, cumplía su propósito. Su importancia no radicaba en su potencia, sino en una idea: la computación podía ser más pequeña, económica, portátil y accesible.
Aquellas pequeñas máquinas ayudaron a transformar nuestra manera de concebir las computadoras personales. Posteriormente llegaron equipos más potentes, portátiles ultraligeras, tabletas y teléfonos inteligentes que terminaron desplazando a las netbooks.
La Eee PC pasó de ser una innovación a convertirse en una curiosidad tecnológica. Y, sin embargo, las máquinas seguían funcionando.
Dos pequeñas sobrevivientes
Recientemente decidí recuperar dos Asus Eee PC 701 que habían quedado relegadas por el paso del tiempo. Una la compré para mi cuando acababan de salir al mercado y la otra la compré para mi hija menor que en esa época tenía 10 años. Yo cuido bastante mis equipos, pero la computadora de Lucía sobrevivió los viajes en la mochila de una niña de 10 años, las horas de juego, de uso y de olvido. Los años dejaron sus marcas, un adaptador de corriente descompuesto y un teclado con algunas letras muertas. Una fuente de poder nueva y un teclado nuevo en español y la Eeepc 701 sigue funcionando. Al estar arreglando se me ocurrió hacerles una mejora con el sistema operativo de 32 bits más moderno que pudiera instalar en sus discos y con su limitada memoria.
No pretendía convertirlas en computadoras modernas ni hacerlas competir con equipos que poseen una capacidad de procesamiento cientos de veces superior. Mi objetivo era mucho más sencillo: descubrir qué podían seguir haciendo.
Experimenté con sistemas operativos ligeros, configuraciones y diferentes alternativas de software, hasta conseguir que ambas funcionaran satisfactoriamente con distribuciones de Linux adaptadas a sus limitados recursos, específicamente un Puppy linux BionicPup de 32 bits, instalado de manera frugal. El resultado fue particularmente interesante.
Aquellas computadoras, diseñadas hace casi dos décadas, podían ejecutar software diferente al que originalmente utilizaban y desarrollar algunas tareas con una eficiencia que no necesariamente tuvieron cuando eran nuevas. Por supuesto, sus limitaciones permanecían. Su procesador no había cambiado, la memoria seguía siendo escasa y sus pequeñas pantallas continuaban imponiendo restricciones. Pero habían recuperado su utilidad. No porque el tiempo hubiera retrocedido, sino porque habíamos encontrado una manera de aprovechar sus capacidades dentro del presente. Aún pueden escribir documentos de texto, utilizar hojas electrónicas, emular DOS, reproducir música e inclusive quemar CDs y DVDs a través de un programa Pburn.
Y mientras trabajaba con ellas, comencé a pensar que algo semejante sucede con los seres humanos.
La obsolescencia de las personas
Con frecuencia, nuestra sociedad parece considerar que el valor de una persona disminuye a medida que envejece.
La juventud se asocia con innovación, energía, rapidez y capacidad de adaptación. La vejez, por el contrario, suele relacionarse con lentitud, resistencia al cambio y dificultades para comprender el mundo contemporáneo. Estas asociaciones contienen algunas observaciones reales, pero también una considerable cantidad de prejuicios.
Es evidente que el envejecimiento puede modificar nuestras capacidades físicas y cognitivas. Sería absurdo negar las limitaciones que acompañan al paso del tiempo. Sin embargo, también sería absurdo asumir que todas nuestras capacidades se deterioran simultáneamente o que la experiencia acumulada pierde su valor porque aparecen nuevas tecnologías.
Un profesor universitario con cuarenta años de experiencia puede tener dificultades para utilizar una plataforma educativa moderna y, al mismo tiempo, poseer una comprensión de su disciplina, de los estudiantes y del proceso educativo que difícilmente puede adquirirse en unos cuantos años. Pero si comenzamos a medir su competencia exclusivamente por su habilidad para manejar herramientas digitales, corremos el riesgo de confundir una dificultad de adaptación con una incapacidad profesional.
Naturalmente, la experiencia no nos exime de la responsabilidad de actualizarnos. Tampoco la antigüedad garantiza competencia.
Lo que cuestiono es la tendencia a considerar que las capacidades que no coinciden con las exigencias inmediatas del presente han dejado de tener valor.
No todo aquello que ha dejado de ser competitivo ha dejado de ser útil.
Dos generaciones, dos maneras de observar el mundo
Existe otra dimensión que me parece particularmente interesante: la diferencia de perspectiva entre la juventud y la vejez.
Un joven observa el mundo desde las posibilidades que tiene por delante. Su experiencia está determinada, en buena medida, por las tecnologías, las costumbres y las estructuras sociales que encuentra al comenzar su vida. Para él, muchas cosas simplemente son como son.
Una persona mayor, en cambio, puede observar esas mismas cosas desde una perspectiva histórica. No solamente conoce el presente, sino que recuerda algunas de las transformaciones que permitieron llegar hasta él.
Donde un joven ve una computadora anticuada, alguien que vivió el nacimiento de la informática personal puede reconocer una innovación que modificó profundamente la tecnología.
Donde uno ve un procedimiento innecesariamente complicado, otro puede recordar las razones que justificaron su creación. Ninguna de las dos perspectivas es necesariamente superior. La juventud puede reconocer posibilidades que la experiencia descarta prematuramente. La vejez puede identificar consecuencias que el entusiasmo por lo novedoso todavía no permite anticipar.
Ambas perspectivas son incompletas y, precisamente por eso, pueden complementarse.
El problema aparece cuando una generación considera que su manera de comprender el mundo es la única válida. Y cuando esto ocurre, dejamos de escuchar.
El problema de la incomprensión
Quizás uno de los aspectos más difíciles del envejecimiento no sea la pérdida de capacidades, sino la posibilidad de que nuestras capacidades dejen de ser comprendidas o apreciadas. Una persona puede conservar sus conocimientos, sus intereses, su curiosidad y su capacidad para resolver problemas, pero encontrarse en un entorno que ya no reconoce fácilmente el valor de aquello que sabe hacer.
Esto no sucede exclusivamente con los adultos mayores. También ocurre con personas cuyas maneras de pensar, aprender o interpretar la realidad son diferentes de las predominantes.
En mi caso, esta sensación tiene una dimensión particular. Desde hace mucho tiempo percibo que mi manera de observar y relacionar las cosas no siempre coincide con la de quienes me rodean. Puedo encontrar conexiones, posibilidades o problemas que para mí resultan evidentes, pero que son difíciles de comunicar a otras personas. No significa que mi perspectiva sea necesariamente correcta ni superior. Simplemente, es diferente.
(Les invito a leer mi libro "Desde mi neurodivergencia, la vida desde lo cotidiano")
Y cuando observo aquellas pequeñas computadoras, encuentro una analogía con esa experiencia.
Para muchas personas, una Eee PC 701 es solamente una computadora vieja, lenta y prácticamente inútil.
Para mí, representa una pieza importante de la historia tecnológica, un conjunto de posibilidades todavía aprovechables y un desafío intelectual interesante.
Estamos observando exactamente el mismo objeto, pero no estamos viendo lo mismo.
Tal vez algo semejante sucede cuando observamos a las personas mayores.
Vemos sus limitaciones actuales, pero no siempre alcanzamos a reconocer sus experiencias, sus conocimientos o las posibilidades que todavía conservan. Y así, muchas personas terminan siendo relegadas, no necesariamente porque hayan dejado de funcionar, sino porque el entorno ha dejado de comprender cómo pueden contribuir.
No sucede con todos los adultos mayores, por supuesto. Existen personas que continúan participando activamente en sus comunidades, desarrollando proyectos y encontrando nuevos espacios de realización. Pero también existen muchas que son desplazadas, ignoradas o subestimadas, aun cuando conservan capacidades valiosas.
Y esa es una forma de obsolescencia particularmente injusta.
Actualizar no significa reemplazar
La industria tecnológica nos ha acostumbrado a una lógica de sustitución.
Cuando un equipo comienza a resultar lento, compramos uno nuevo. Cuando un sistema operativo deja de recibir soporte, reemplazamos la computadora. Cuando aparece una tecnología más eficiente, abandonamos la anterior. En ocasiones, estas decisiones son razonables. No todo puede mantenerse indefinidamente y existen limitaciones técnicas que ninguna actualización puede resolver. Pero también hemos aprendido a desechar cosas que todavía podrían cumplir funciones importantes.
La recuperación de mis dos pequeñas Eee PC me recordó que existe otra alternativa.
En lugar de preguntarme por qué ya no podían hacer lo mismo que una computadora moderna, me pregunté qué podían hacer con los recursos que todavía poseían. La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la manera de abordar el problema. Y quizás deberíamos aplicar ese mismo razonamiento a nuestra relación con las personas mayores.
En lugar de concentrarnos exclusivamente en las capacidades que han disminuido, podríamos preguntarnos cuáles permanecen, cuáles se han fortalecido y cuáles podrían desarrollarse mediante nuevas herramientas y oportunidades.
La experiencia puede combinarse con la tecnología. El conocimiento acumulado puede encontrar nuevas aplicaciones. Las limitaciones pueden compensarse parcialmente mediante procedimientos diferentes.
No se trata de negar el envejecimiento ni de pretender que todos conservaremos indefinidamente las mismas capacidades. Se trata de reconocer que tener capacidades diferentes no equivale a carecer de capacidades.
Un lugar en el presente
Mis dos Asus Eee PC 701 tienen diecinueve años. Para los estándares de la informática personal, pertenecen prácticamente a otra época. Fueron diseñadas para un mundo que ya no existe: un mundo con páginas web más sencillas, programas menos exigentes y una concepción diferente de la computación portátil.
Pero aquí están.
Sobre mi escritorio, funcionando nuevamente.
No son rápidas. No pueden ejecutar cualquier programa. No pretenden competir con las computadoras modernas.
Y, sin embargo, siguen teniendo algo que ofrecer.
Yo también he cumplido 60 años. He visto aparecer y desaparecer tecnologías, procedimientos, costumbres e ideas. He aprendido cosas que posteriormente dejaron de utilizarse y he tenido que aprender otras que ni siquiera existían cuando comencé mi vida profesional. No siempre comprendo el mundo que me rodea, y tampoco tengo la certeza de que quienes me rodean comprendan mi manera de observarlo.
Pero continúo aprendiendo, experimentando, construyendo y buscando nuevas posibilidades.
No pretendo permanecer indefinidamente actualizado en todo. Eso sería imposible. Tampoco deseo que mi valor dependa exclusivamente de mi capacidad para competir con personas más jóvenes. Prefiero pensar que, como aquellas pequeñas computadoras, todavía puedo encontrar nuevas maneras de aprovechar lo que soy, lo que sé y lo que he aprendido. Quizás la verdadera lucha contra la obsolescencia no consiste en impedir que las cosas envejezcan. Consiste en evitar que confundamos su edad con su valor.
Porque una computadora antigua no necesariamente está descompuesta.
Y una persona mayor no necesariamente ha terminado de aportar al mundo.
A veces, lo único que necesitan es que alguien sea capaz de reconocer que todavía funcionan.
Y, quizás, un entorno que les permita demostrarlo.





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